¿Hace falta recordar una y otra vez qué implica el Neoliberalismo?

12:36:00




Repetiré hasta el cansancio
lo que otras veces ya dije
el repetir no me aflige
aunque me cueste el matambre
también se repite el hambre
aunque alguno no se fije

José Larralde, “Allí donde alce mi rabia”

Motivaciones


En la actualidad, una nueva oleada neoliberal se ha instalado en Latinoamérica. Luego de la debacle que provocó este sistema político en el pasado reciente, ha elegido presentarse con otro ropaje: se dice desarrollista, progresista, liberal, socialista, humanista, zen, budista, desideologizada, moderna, globalizada... 

En algunas naciones como la nuestra, ha llegado por vías democráticas; en otras, con «golpes blandos» que articulan poderes políticos, fácticos, mediáticos y judiciales. En ambos casos, el volumen de apoyo no se condice con el porcentaje real de los pocos beneficiarios de sus políticas, sino que tiende sus redes sobre aquellos a los que terminarán empobreciendo y hasta matando –al quitarles el sustento, los programas sociales, el acceso a la salud pública de calidad, el control del Estado sobre el respeto a los Derechos Humanos, etc.–

Aunque más no sea para suscitar el recuerdo, cabría remontarse al origen de las políticas neoliberales y sus consecuencias en el corto y mediano plazo, ya que han vuelto a instalarse como si nunca las hubiéramos padecido. A nivel teórico, me resulta casi de perogrullo, pero al ver a mi alrededor argumentar a gente con una importante formación intelectual en favor de sistemas que tienden siempre hacia el mismo Norte –en sentido literal y metafórico–, me siento un tanto forzado a hacerlo.


Orígenes


El neoliberalismo comienza a gestarse luego de la Segunda Guerra Mundial, como una reacción política y teórica contra el Estado de Bienestar que promueve la intervención en muchas de las variables de la economía y la distribución de recursos y capitales. Uno de sus pilares conceptuales fue Friedrich Hayek con su manifiesto: Camino a la Servidumbre (1944). El texto atacaba todo tipo de intervención del Estado como una amenaza a la libertad económica y política. En realidad, en el título puede leerse, exactamente, lo que les espera a las mayorías una vez ejecutado su programa político para que unas selectas minorías sean aún más libres, en realidad, menos controladas por los sistemas legales e impositivos.

Tres años más tarde, Hayek organiza junto con su mentor, Ludwig von Mises, la primera cumbre neoliberal en Mont Pelerin, convocando a gran parte de los ideólogos, los think tanks, que luego publicitarán e introyectarán las ideas neoliberales por todo el orbe. Entre los miembros más destacados se encontraban Ludwig Erhard que pregonaba la motivación de la desigualdad para el desarrollo de la economía; Milton Friedman, el gran promotor del neoliberalismo en Estados Unidos y fundador de la Escuela de Chicago, de la que provienen la mayoría de los economistas que devastaron Latinoamérica; el periodista Walter Lipmann, autor del concepto de «manufactura de consentimiento» que prima en las estrategias comunicacionales de manipulación ideológica de los mass media que experimentamos a diario (Chomsky & Herman, 2009); entre muchos otros. 

A lo largo del tiempo, formaron parte de la sociedad varios economistas neoliberales ganadores del premio Nobel (George Stigler, Maurice Allais, Gary Becker, Milton Friedman, James M. Buchanan, Ronald Coase y Vernon Smith) lo cual nos lleva a pensar en el entramado político y  propagandístico que muchas veces reviste dicho galardón (al que también accedió uno de los grandes portavoces actuales de estas políticas en Latinoamérica, el escritor Mario Vargas Llosa)

Los objetivos de la sociedad eran claros: combatir al keynesianismo 
o a cualquier sistema político que promoviera la intervención estatal y, con ello, a todo tipo de estructura solidaria. Bajo la máscara de la competencia y el libre mercado, se fomentaría la dependencia y la disolución de la soberanía de países emergentes, en pos de un proyecto global de concentración de capital y poder. La desigualdad era considerada como un factor fundamental para alcanzar sus metas, por lo que su agenda económica, política y psicosocial siempre estaba estructuralmente diseñada para extremar las diferencias de clase bajo un manto ideológico que pregonaba la igualdad de oportunidades. 

La segunda gran crisis del capitalismo en 1973 y su profunda y persistente «estanflación» (recesión más inflación), fueron el contexto propicio para que las ideas neoliberales comenzaran globalizarse. Las causas reales de la crisis –aumento sideral del petróleo por parte de la OPEP, destrucción de la base monetaria dólar-oro, especulación, comienzo de la división de trabajo internacional, externalización, toyotismo basado en la flexibilización laboral y la robótica, etc.–, fueron enmascaradas y se hizo recaer la responsabilidad en lo que había llevado décadas de luchas obreras: los derechos de los trabajadores y la intervención redistributiva del Estado en pos de una vida más digna para las mayorías.

Esta inversión que se opera al instaurarse la teoría neoliberal, sigue funcionando como argumento en la actualidad: se desplazan las causas reales y macroeconómicas que provienen de las decisiones de las megacorporaciones y el sistema financiero internacional, haciendo recaer la responsabilidad en los Estados interventores y los trabajadores que reclaman mejores condiciones de vida.

La corriente neoliberal sostenía que el Estado debía reducir los gastos en materia social y redistributiva, y fortalecerse para desintegrar a los sindicatos y cualquier connato de movimiento obrero. Había que desmantelar al Estado democrático, conservando solamente su cáscara de poder político, policial y militar. Está última se tornaba indispensable para aplacar el reclamo social y, eventualmente, destruir las reivindicaciones de los trabajadores operando en virtud de los intereses del «Mercado» – consignando con este fantasmático y proteico nombre a los poderes fácticos y hegemónicos que concentraban la riqueza–. 

Fuerza de coacción tendiente a instalar la fragmentación y el individualismo para facilitar la concentración de la riqueza: eso era esencialmente lo que la hegemonía económico-financiera mundial quería instalar, y lo hizo.

Para la teoría neoliberal, todo el entramado de relaciones sociales debía tender a la «estabilidad monetaria». Estabilidad del dinero a costa de la inestabilidad social, ese era y es su proyecto. Este se conseguiría con una estricta disciplina presupuestaria en donde el balance frío de las estadísticas sería más importante que los derechos constitucionales de los individuos. Disolver el gasto social y generar una amplia tasa de desempleo que algunos llamaron «natural» –y que Marx designó con el nombre más específico de «ejército industrial de reserva» (2005, pág. 784)– era la mejor política para fomentar una explotación extrema basada en la reserva de «capital humano». 

El famoso cálculo de Marx (2004) mediante el cual el sueldo del obrero se medía en base a la necesidad de supervivencia y reproducción de éste y de su familia, se desvanecía en el aire como un exceso de gasto innecesario. Al fin y al cabo, solo eran vidas humanas.

Para «incentivar la inversión» de capitales extranjeros –en un mundo que diversificaba la producción buscando el lugar en el cual los gobiernos, en consonancia con el poder económico, explotaran al máximo a los trabajadores, los esclavizaran– se proponía la reducción de impuestos de todo tipo y la firma de seguros de inversión. En definitiva, que los emprendimientos corporativo-capitalistas a gran escala dispusieran de un mapa geopolítico propicio en donde tuvieran todo para ganar y nada para perder, y que los trabajadores pasaran de luchar por sus derechos a mendigar explotación en los límites de la supervivencia.

Con la llegada al poder de Margaret Tatcher, a fines de los setenta, comienza a implementarse el neoliberalismo en uno de los centros financieros y políticos del mundo. Las medidas del gobierno de Tatcher se convirtieron en modelo y se reproducirán como un mantra, incluso, hoy en día: contraer la emisión monetaria, elevar la tasas de interés para absorber moneda local, bajar impuestos a los sectores concentrados y de altos ingresos, abolir controles sobre el capital financiero, crear altos niveles de desempleo desmantelando el Estado vía privatización y tercerización, incentivar la recesión, recortar los gastos sociales al mínimo, disciplinar a los sindicatos y a los trabajadores. 

Los límites del proyecto neoliberal fueron evidentes. Si nacía como una panacea que buscaba detener el proceso inflacionario de los años 70 recuperando ganancias para los grandes actores capitalistas en detrimento de la fuerza sindical y de los trabajadores, la recuperación de las tasas estables de crecimiento nunca advino porque los procesos de desregulación financiera –elemento central del programa neoliberal– generaron condiciones para la especulación en detrimento de la actividad productiva (Anderson, 1996)


El desembarco en Latinoamérica


Nuestra América fue el laboratorio en donde se realizaron las primeras experimentaciones de aplicación amplia y sistémica de las políticas neoliberales, y el primer galardonado fue Chile, bajo la dictadura de Pinochet. Allí, en consonancia con la instauración del Plan Cóndor, se ensayaron las medidas que después se extenderían como un cáncer por toda nuestra región: desregulación financiera, desempleo masivo, represión sindical y estudiantil, redistribución de la renta en favor de los más ricos y privatización de los bienes públicos. 

Debido a la financiación externa con un claro interés propagandístico, Chile creció económicamente en esos años, y esto sirvió como modelo para la posterior implementación en el resto de nuestro sur postergado. Básicamente, inyectaron capital en un modelo artificial que, a un bajo costo, les permitía publicitar un esquema que arrasaría con millones de personas para concentrar el capital en pocas manos. Las dictaduras latinoamericanas de los setenta iniciarían la tarea de expansión, a partir de la brutalidad y el genocidio que todos conocemos.

En el caso argentino en particular, la dictadura militar estableció el shock previo indispensable para disciplinar y aniquilar al ala progresista y de izquierda, al tiempo que la hiperinflación del primer gobierno democrático posdictadura dejaba allanado el camino para la devastación final realizada durante los noventa. Como sostiene agudamente Anderson: «hay un equivalente funcional al trauma de la dictadura militar como mecanismo para inducir democrática y no coercitivamente a un pueblo a aceptar las más drásticas políticas neoliberales. Este equivalente es la hiperinflación» (1996).

Rodolfo Walsh fue uno de los primeros en percibir el germen de este proceso en su “Carta abierta de un escritor a la junta militar” sosteniendo que más allá del genocidio evidente, en la política económica estaba “la explicación de los crímenes que castigan a millones de seres humanos con la miseria planificada”. Y las políticas que releva Walsh son las mismas que fueron implementadas en la Inglaterra de Tatcher, las mismas que expandió el Plan Cóndor en Latinoamérica, las mismas que ahora se promueven en el actual giro a la derecha: reducción del salario real de los trabajadores y disminución en la participación del ingreso nacional, elevación de la jornada laboral necesaria para alcanzar la canasta familiar, aumento de la desocupación, baja del consumo, reducción del presupuesto en salud pública y programas sociales, destrucción sistémica del medio ambiente en pos de negocios cortoplacistas, aumento sideral de la deuda externa en relación con el PBI, desmantelamiento sistemático de las funciones creadoras y protectoras del Estado, fomento de la usura a través de la especulación en dólares, letras y otros activos, devolución de bocas de expendio a grandes petroleras internacionales en detrimento de un proyecto de explotación soberano, rebaja de aranceles aduaneros que promueven la desintegración de las pequeñas y medianas empresas aumentando la desocupación.

Los beneficios, también recaen en las mismas manos que Walsh revistaba: la elite agroexportadora y especuladora y un selecto grupo de monopolios internacionales y mediáticos (estos últimos, brindando un apoyo sistemático de alienación social para que sus consumidores defiendan lo que habrá de destruirlos).

Todo ello en virtud de una supuesta “racionalización” ya desenmascararda por Walsh, y que hoy ha mutado a “modernización”; a las que no hemos llegado, precisamente, por el impacto de las políticas neoliberales en el pasado reciente.

En este sentido habría que pensar sin autoengaños en un diseño proteico, que vuelve a actualizarse, que reviste un carácter más amplio, y aceptar otro triunfo del capitalismo globalizado. 

Este generó en Latinoamérica y en gran parte de los países en vías de desarrollo en donde fue implementado, una devastación y dependencia financiera, técnico-educativa y política con respecto a los países centrales, cuya brecha no podrá zanjarse, al menos en el mediano plazo.

Cuando el proceso, gracias al bloque progresista del Mercosur, comenzó a despuntar una leve mejora de las condiciones sociales, técnicas e intelectuales; las embajadas se nutrieron de operadores para volver a instalar el estrago sistemático, esta vez, con la complicidad de muchos votantes y movimientos sociales que hipnotizados por los medios de comunicación, marchan como autómatas defendiendo un modelo que ya ha comenzado a excluirlos. Muchos están desencantados, otros fingen sorpresa. Sobre ellos hay que volver las redes
políticas, sobre ellos hay que militar desde la explicación, la comprensión, la educación; para que retornen fuerzas regionales que intenten, nuevamente, construir un sistema económico más inclusivo y más humano.


Bibliografía

Anderson, P. (1996). Balance del Neoliberalismo: lecciones para la izquierda. Radaballo (3), 7-13
Hayek, Friederich A. (2011). Camino a la servidumbre. Madrid: Alianza.
Chomsky, Noam; Herman, Edward (2009). Los guardianes de la libertad. Barcelona: Crítica.
Larralde, José (1973) Allí donde alcé mi rabia. En Simplemente. [LP] Buenos Aires: RCA
Marx, Karl  (2005). El Capital. Tomo I, Volumen I, Buenos Aires: Siglo XXI editores.
Marx, Karl  (2004). Manuscritos económico-filosóficos de 1844. Buenos Aires: Colihue.

Walsh Rodolfo (1977) «Carta abierta de un escritor a la junta militar»






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